Calle, calle y más calle

La verdadera jornada de reflexión es la que se hace el día después. El día en el que, en medio de la resaca electoral, se huele un clima de cierta calma, esa calma que suele preceder a la tormenta. Porque eso es lo que viene, otros cuatro años de una tormenta que nunca cesó, pero que empieza a caer con mucha más fuerza debido a un bipartidismo en esencia fortalecido y a una izquierda, que también en esencia, parece no saber dónde está.

Y quizá sea eso lo que necesitamos. Una tormenta feroz que nos haga encontrarnos con nosotras y nosotros mismos, porque llevamos demasiado tiempo en un mar en calma, en un mar de platós de televisión, sonrisas y mensajes vacíos. Un mar, en definitiva, suyo, en el que nos ganan. El dominio de los ricos y poderosos no lo trastoca un mar apacible, sino las aguas revueltas.

Siempre fuimos más de mojarnos, de salir a la calle sin importar que lloviese, de cerrar el paraguas y empuñarlo cuando era necesario. Fuimos de recibir a los mineros y llenar la Gran Vía de Madrid, fuimos de Gamonal, de ocupar latifundios de terratenientes en Andalucía, de enfrentarnos a la Guardia Civil en las cuencas leonesas y asturianas, de inundar Madrid en las Marchas de la Dignidad, de parar desahucios durante las frías mañanas de invierno. Fuimos eso, y no de resguardarnos en el sofá de casa viendo el debate de la noche. Fuimos el río que todo lo arrasaba, sin importar el lecho que le oprimía. Las aguas calmadas son su terreno, son su baza, y en ellas nos ganan. A nosotros siempre nos fue la marcha. Ningún mar en calma hizo experto a un marinero.

Toca volver a esas aguas de las que nunca se debió salir. A quienes permanecimos en ellas nos toca dar la mano a quienes salieron, a quienes salieron les toca dar la mano a quienes nunca entraron. Un barco en un mar en calma lo pueden manejar pocas manos, pero un barco en las aguas revueltas necesita el mayor número de brazos posibles para no hundirse. No olvidar quiénes somos ni de dónde venimos. Ese es el secreto.

Cada cual guarda su lista de nombres imprescindibles. En la mía, uno de ellos es el de una persona que ya no está, y que seguro que en estos tiempos de oscuridad había sabido alumbrar un poco el camino, que una vez me contó una historia que hoy viene al pelo más que nunca.

Había una vez un viejo marinero conocido por no haber perdido nunca una batalla en alta mar y por haber sobrevivido a las peores tormentas. El viejo marinero dirigía al resto de la tripulación con firmeza y seguridad, dando órdenes entre cañonazos y entre enormes olas y lluvia. Sin embargo, de cuando en cuando, pese a su seguridad, sacaba un papel de sus bolsillos que consultaba rápidamente y volvía a guardar. Batalla tras batalla, tormenta tras tormenta, el viejo marinero consultaba siempre su papel. Un día, el viejo marinero murió. Antes de darle el último adiós, sus compañeros sacaron el papel de su bolsillo, esperando encontrar en él el secreto de su capitán. Tras desdoblarlo, solo leyeron una breve frase: Proa, delante. Popa, detrás. Babor, izquierda. Estribor, derecha.

Pueden venir todas las dificultades del mundo, todas las adversidades y todas las complicaciones, que si tenemos claros nuestros principios, en las aguas revueltas es donde verdad ganaremos. Calle, calle y más calle.

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De jefes majetes y explotación camuflada

Hay algunas palabras que, dependiendo de quién las pronuncie, cambian totalmente de significado. Palabras que, en boca de tu gente son preciosas, pero que se transforman rápidamente si quien las ha dicho es, por ejemplo, uno de los jefes de la empresa. Resulta que en mi trabajo uno de los tres jefazos de la plantilla tiene la costumbre de dirigirse hacia los empleados con la palabra compañero. “Buen día, compañeros”; “muy buen trabajo, compañera”; “buen fin de semana, compañeros”.

El sistema tiene muchos mecanismos para calmar ánimos, limar posibles asperezas y conflictos y, de cara a la galería, nuestra galería, meter en el mismo saco a quienes están en el vértice de la pirámide y a quienes, tras ocho, nueve, diez horas de trabajo diario, la sostenemos.

Este jefe que nos llama compañeros, entra dos horas más tarde que el resto y se va otras dos horas antes. Y no todo va de dos. Su salario es, como mínimo, diez veces superior al mío y al de la gente como yo. Y a él se le suman los cheques restaurante y el coche de empresa. El agua, eso sí, sigue siendo gratis para todos. Y a veces, cuando alguien así te llama compañero, hay que beber mucha agua.

Pero si esta táctica existe no es porque mi jefe sea muy majete. El compañero en su boca es, simplemente, una palabra que, sumada a varios pequeños gestos que parecen intrascendentes, logran que la inmensa mayoría de los trabajadores (estos sí compañeros) vean en la mano derecha de la empresa a un igual que bromea con ellos, que les da una palmadita en la espalda y que les invita a un café si coinciden en la máquina expendedora. Ahí, mientras te habla de qué cabrones son estos que no se ponen de acuerdo y hay otra vez elecciones, de que yo creo que sí podemos ganar la Eurocopa y del culo que tiene una de las chicas de la planta de arriba y de que cómo viene vestida al trabajo.

Y así es como, entre una mezcla de comentarios mitad banales, mitad asquerosos, el jefe, sin perder su autoridad, se convierte en tu amigo. Un tío al que ya criticas, un tío del que ya no te quieres reír, un tío al que estás dispuesto a chivarle cualquier jugarreta para ganarte su felicitación. Pero un tío, al fin y al cabo, que representa el brazo dirigente de una empresa que se lucra con tu trabajo y que recibe un salario de miles de euros mensuales gracias al sudor de tu frente, a tus madrugones y a tu dolor de espalda de las ocho, nueve, diez horas diarias sentado.

‘Buen fin de semana, compañeros’. Y ahí se va el jefe majete un viernes a las siete de la tarde mientras al resto nos quedan dos horas tecleando frente al ordenador y leyendo papeles. “Pero eh, que me ha dicho que pase un buen fin de semana. Jefes así dan gusto”.

Ya lo explicaba Zizek en este texto:
(…) El jefe de hoy en día insiste, por el contrario, en que deberíamos tratarlo como a un amigo. Se dirige hacia nosotros con una familiaridad indiscreta, bombardeándonos con alusiones sexuales, invitándonos a tomar algo con él o a compartiendo un chiste verde. Todo ello dirigido a establecer un lazo de fraternidad masculina, mientras que la relación de autoridad (nuestra subordinación a él), no sólo permanece intacta, sino que se llega a tratar como una especie de secreto que habría que respetar y sobre el que no habría que hablar.

Para el subordinado, una relación así resulta mucho más claustrofóbica que la autoridad tradicional: hoy en día estamos desprovistos hasta del espacio natural de ironía y burla, ya que el amo está presente en los dos ámbitos. Es una autoridad y a la vez se ha convertido en un amigo“.

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El Primero de Mayo se merecía algo mejor

Estos días, cuando deberíamos estar sin ningún descanso preparando el Primero de Mayo, solo se ven coches y autobuses repletos de tiendas de campaña, neveritas, sacos de dormir y esterillas dirección a Albacete. Y es que, aunque a muchos les jodan estas líneas, el refranero castellano pocas veces se equivoca, y quien se pica ajos come. Se me ocurren pocas formas de desprestigiar tanto y más una fecha histórica emblema de la clase trabajadora, fruto de años y años de lucha que si bien deberíamos reivindicar y recordar siempre, mucho más tendríamos que hacerlo en los tiempos que corren.

Cualquier festival que elija el puente del Primero de Mayo como fecha para celebrarse no hará más que contribuir a propagar el gas del inmovilismo, de la pausa y de la despolitización. De hecho, durante la dictadura franquista, era frecuente que cada año el Primero de Mayo ‘coincidiese, casualmente’ con eventos deportivos y otros espectáculos. Si esto ocurriese con un evento totalmente alejado de las posiciones reivindicativas de la ‘izquierda’ y del postureo político, no pasaría nada nuevo; que total, de desmovilización y olvido de nuestros orígenes y raíces vamos bien servidos. El problema llega cuando el jodido festival lo mueve una organización que se considera rompedora y que avisa a grupos con mensajes políticos que hablan del orgullo de clase y de la importancia de la lucha, entre otras cosas.

Ay, esos grupos. Haciendo negocio el Primero de Mayo, cobrando miles de euros por actuar en un escenario repleto de publicidad de grandes empresas como Ron Negrita, Red Bull o Control. Grupos que año tras año contribuyen a que la propia compañía que organiza el jodido Viña Rock, una empresa exactamente igual que las anteriores, se haga más y más rica, y pueda ir subiendo el precio de la entrada edición tras edición, con precios que oscilan desde los 30 a los 80 eurazos. Grupos que, con el alcance que tienen entre la juventud, en vez de posturear ante el micrófono, podrían ser coherentes con aquello que dicen y llamar al boicot de un evento desmovilizador que vomita sobre décadas y décadas de lucha, y dejar de colaborar con un festival que hace que cerca de 200.000 jóvenes se emborrachen en los campos de Villarobledo en esta fecha tan señalada, manchando sus reivindicativas camisetas de vino y de cerveza.

Esta pequeña reflexión va por ellos. A quienes quieran cogerla, que quizá reflexionen sobre el tema y valoren qué debe ser más importante en una fecha como esta, si estar en los campos de este pueblo o pisar las calles junto al resto de trabajadores y trabajadoras que conmemoran el pasado y luchan por el futuro en este día. A quienes les pique, que sigan yendo a este festival, pero que al menos dejen de ir el resto de días del año de algo que no son y que, por supuesto, les queda demasiado grande y lejos.

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El Gordo no ha caído en casa de Jonathan

Una familia bailaba flamenco, cantaba, daba palmas y tocaba la pandereta al celebrar que le había tocado El Gordo de la lotería de navidad. Una anciana y un anciano, aparentemente de bajo poder adquisitivo, como la familia de la pandereta y las palmas, se ha besado con el amor que solo transmite una pareja de viejecillos que lleva junta toda la vida. También tenían uno de los boletos agraciados. Al igual que un inmigrante que vive en Roquetas de Mar y que se encontraba sin trabajo y en una delicada situación. Porque la lotería es muy bonita al ver las escenas de los ganadores, sobre todo cuando la suerte cae en una de las familias pobres que vive en una de las casas más humildes de uno de esos barrios populares llenos de gente trabajadora. Pero la lotería no es eso, la lotería es cruel. Porque para que haya celebraciones en una de esas casas humildes de uno de esos barrios trabajadores, tiene que haber un 99% de gente disgustada que no ha tenido tanta suerte. Y así, El Gordo no ha caído en casa de Jonathan, ni en casa de Paqui, ni de Estefanía, ni de Alex.

La probabilidad de que el gordo toque es de 0,0001%. Aun así, millones de familias se han dejado una suma de millones de euros para poder adquirir sus boletos. Una suma, por cierto, con la que el Estado recauda cantidades ingentes de euros para sus arcas. Un impuesto especial que se cobra, en su inmensa mayoría, de la gente pobre, de esa gente que lo está pasando mal y que deposita toda su ilusión en la mera casualidad. Diversos estudios demuestran que la lotería es mucho más seguida entre las clases populares y las familias pobres que entre esa porción de la población acomodada y pudiente. Si se analiza en profundidad, además de ser un juego-impuesto pensado para la clase baja, su esencia destapa un mensaje de crueldad. La lotería es la única forma para salir de la mierda, de una situación de precariedad, la esperanza para dejar de mirar las facturas al final de mes. “A ver si este año salimos de pobres”. La lotería es quitarse de los pocos caprichos que alguien tiene para gastarse 20 o 30 euros en un boleto; es pasar frío en la cola de doña Manolita; es restregar el cupón por la estampita de la Virgen, que seguro que este año nos toca; es aprenderte los números de memoria para, casi con certeza, desilusionarte el día 22. La lotería es aquello con lo que hemos soñado todos los que hemos vivido y vivimos en esos barrios y nos hemos empapado de su realidad al salir a la calle y al hablar con nuestras vecinas y nuestros amigos. Es eso que nos hemos imaginado para, después, inventar historias tremendas de lo que podríamos hacer con el dinero, como comprarnos un cochecito, poder independizarnos, o, y este es el favorito, tapar agujeros. La lotería es, sin embargo, algo que ni siquiera existe en otros barrios. Es un simple pasatiempo para muchas familias bien que si salen ganadoras engordarán un poco más su cuenta, pero que si no toca, tampoco pasa nada, que ya tenemos tanto o más de lo que reparte el premio. Tenemos tanto o igual que podemos comprarnos un cochecito, y dos y tres. Tenemos tanto o igual que ya nos hemos independizado, así que me compro el casoplón en la playa. Tenemos tanto que tuvimos que tapar los agujeros con el dinero.

La lotería es indirectamente anestesia, es ansia de diferenciación, ganas de separarte de la realidad que has mamado desde crío, deseo de marcharte para siempre, apelar a los sentimientos para intentar solventar una situación material que no te han dejado resolver con medidas reales. Pero la realidad es que la lotería es un invento de los que no te dejaron labrarte un futuro, no te dejaron avanzar, te arrebataron la posibilidad de vivir dignamente y ahora te sugieren que la única forma de poder escapar del camino que te marcaron es el azar.

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C’s da alas a la violencia machista

Cualquiera recordará el doble asesinato machista que sacudió Cuenca el pasado mes de agosto. De las 99 muertes de mujeres a manos de un hombre en lo que llevamos de 2015, este crimen ha sido, sin duda, el más sonado. No fue el típico asesinato de siete segundos en la radio ni el del titular escondido en la sección nacional de los periódicos. Aquí hubo desaparición, búsqueda, huida, persecución durante días y, finalmente, captura. Hubo todo lo que a los medios les gusta, no el simple asesinato a cuchilladas tras el que el marido llama a la policía para confesar el crimen o tras el que decide saltar por la ventana. Y lo cierto es que el doble asesinato de Cuenca, además de mostrar la realidad que muchos se empeñan en ocultar, sirvió para evidenciar los mecanismos jurídicos y legales utilizados para minimizar el concepto de violencia de género y, al mismo tiempo, minimizar el número de víctimas.

Marina Okarinska y Laura del Hoyo fueron las dos jóvenes asesinadas en Cuenca, pero solo una de ellas, Marina, pasó a formar parte de la lista oficial de víctimas de violencia machista. Laura, sin embargo, no. Porque la actual ley de violencia de género solo contabiliza como víctimas a aquellas mujeres que tenían un vínculo sentimental con su asesino. Marina era la exnovia de Sergio Morate, habían tenido una relación, existía esa unión emocional. Laura, por el contrario, solo era amiga de Marina, una amiga a la que tuvo que recurrir ante el miedo de ir sola a casa de su expareja para recoger sus pertenencias. Las dos murieron por ser mujeres, sin embargo, solo una de ellas ha sido reconocida como víctima de la violencia de género, mientras que Laura forma parte, junto a 47 mujeres más en 2015, de esa lista que nadie conoce.

Y parece que son muchos los que quieren ampliar el número de nombres en ese listado desconocido. Marta Rivera de la Cruz, candidata al Congreso por Ciudadanos, negó en el pasado debate a nueve la importancia del género en la violencia machista. Negó, por lo tanto, aquello que define a la violencia de género: la existencia de un sistema de dominación transversal, del hombre sobre la mujer, que afecta a todos los ámbitos del día a día y cuya máxima expresión es el asesinato.

Y Marta Rivera no tuvo ningún desliz, defendió al pie de la letra aquello que su partido propone. En su programa electoral (página 203), la formación naranja no separa en ningún momento la violencia intrafamiliar de la violencia de género, no separa en ningún momento la violencia doméstica de la violencia machista, dando a entender en este conglomerado de conceptos que la violencia machista es eso que sucede de puertas para adentro, solo en el momento en el que existe una relación personal entre víctima y agresor, “violencia entre gente que se quiere”, como dice Albert Rivera. Esta definición deja fuera, per se, a aquellas mujeres que han sido asesinadas sin la existencia de ese vínculo emocional. Nos acordamos de la mujer que es violada por un hombre desconocido, recordamos a la prostituta asesinada que apareció muerta en un contenedor de Huelva, nos acordamos de una de las chicas de Cuenca y de esas 48 mujeres, solo en 2015, que no tenían ninguna relación sentimental con su asesino o que ni siquiera le conocían.

Pero C’s también se acuerda de la violencia machista concebida como intrafamiliar, esa que se da bajo un vínculo emocional, “entre personas que se quieren”, como dice Rivera. Hombres que asesinan a mujeres, pero sin dejar de quererlas, ojo. Así, Ciudadanos quiere eliminar la asimetría penal por cuestión de sexo e igualar las penas con independencia de si el agresor es hombre o mujer. Es decir, los naranjas quieren que la pena para los hombres que matan a sus parejas mujeres sea la misma que la que tendrían las mujeres al matar a sus parejas hombres. Y es en este punto donde la formación aprovecha su programa para dejar caer sus impresiones sobre esta, a su parecer, injusta simetría. “Consideramos que la violencia de género y la violencia intrafamilar son experiencia traumáticas tanto para las mujeres, como para los hombres, las niñas, niños, e incluso los más mayores”. Primera igualación, tanto para las mujeres como para los hombres, da igual que hayan sido asesinadas casi cien mujeres en este año. “Si bien la violencia de género afecta tanto a hombres como a mujeres, el mayor porcentaje corresponde a la violencia ejercida de hombres hacia mujeres”. Segunda igualación, porque afecta tanto a un grupo como a otro. Da igual que 576 chavalas menores de 18 años (un 15,4% más que el año anterior) hayan sufrido malos tratos en 2014, según el INE. Da igual que entre las mujeres de 65 a 69 años, el número de víctimas protegidas se haya incrementado en este año un 21,3%, y que en la franja de edad de 70 a 74, lo haya hecho un 25,9%.

Quitar las penas específicas por violencia de género implica igualar en lo legislativo a los que matan y a las que mueren. Quitar las penas específicas implica que jurídicamente desaparezca este tipo de violencia. Quitar este mínimo agravante significa que los asesinos van a tener un castigo menor por el crimen cometido, lo que puede traducirse en menor protección -ya de por sí escasa- hacia la mujer. Quitar estas penas es hacer retroceder a una ley que ya de por sí está atrasada. Cuidado con lo nuevo, porque Ciudadanos, como en muchísimos otros ámbitos, en el tema de la violencia machista representa lo más viejo que puede haber.

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A un año del asesinato de ‘Jimmy’

12132532_839367296160942_1476335284611102440_oLa autopsia efectuada al cuerpo sin vida de Francisco Javier Romero Taboada, ‘Jimmy’, hace ya un año, determinó que el seguidor del Deportivo de la Coruña y miembro de la peña antifascista Riazor Blues, murió debido a un “traumatismo craneoencefálico con hemorragia interna y al estallido del bazo producido posiblemente por el golpe una barra de hierro”. Jimmy, tras ser apaleado por varios miembros del grupo nazi Frente Atlético, fue arrojado al agua del río Manzanares, y sacado media hora más tarde con un cuadro de hipotermia y una parada cardio-respiratoria. A pesar de los intentos de reanimación, murió a los pocos minutos.

Un año después, a este asesinato se le sigue llamando reyerta y pelea entre bandas. Cualquier cosa que sirva para despolitizar un conflicto, para afirmar que los extremos se tocan e igualar al que muere con el que mata. Porque cuando el asesinado es el antifascista y el asesino es el nazi, es mejor obviar las sensibilidades y posiciones políticas y reducir todo a una simple pelea entre iguales. Todo vale con tal de lavar la imagen de estos grupos fascistas que cuentan con el amparo de las instituciones y de su propio club. Porque un año después de este asesinato, sigue sin haber responsables, ni siquiera indicios, ni siquiera ganas de investigar el crimen. Y todo apunta a que así seguirá siendo hasta que los papeles del caso se archiven para coger polvo por falta de pruebas.

Falta de pruebas a pesar de las decenas de fotografías y vídeos que mostraban a los nazis del Frente Atlético desde las siete de la mañana en las inmediaciones del estadio Calderón armados con barras de hierro y palos. Falta de pruebas a pesar de las decenas de fotogramas de vídeos en los que se observa a varios encapuchados con porras extensibles, botellas y otras armas en la zona en la que Jimmy fue arrojado al río. Falta de pruebas a pesar de la existencia de un vídeo que capta el momento en el que el deportivista fue tirado al agua. Falta de pruebas a pesar del testimonio de un menor protegido que no sale a la luz, y a pesar de la detención de cuatro miembros del Frente Atlético, uno de ellos Guardia Civil y otro militar, que finalmente  quedó en nada.

Porque con un asesinado a manos de nazis, se repite la historia de que los extremos se tocan. Frente Atlético y Riazor Blues son lo mismo. Porque lo mismo es sacar pancartas con simbología nazi y gritar lemas xenófobos que mostrar una pancarta contra el racismo en los estadios de fútbol. Porque lo mismo es pegar a inmigrantes que ayudarles y solidarizarte con ellos. Porque lo mismo es haber asesinado como grupo a dos personas que no haber matado a ninguna. Porque los extremos se tocan. Y porque, como siempre se recuerda en estos casos, no hay que mezclar el fútbol con política.

No hay que mezclar fútbol y política. Por eso, el presidente de la Liga de Fútbol Profesional es Javier Tebas, antiguo militante de la organización ultraderechista Fuerza Nueva. Por eso, la Primera y la Segunda División de la Liga llevan el nombre de uno de los mayores bancos del estado. Por eso, los grandes equipos muestran en sus equipaciones el logo de grandes empresas y multinacionales. Por eso en cada Mundial utilizan la selección con el fin de dar propaganda nacionalista. Por eso hay una competición llamada Copa del Rey en la que se oye el himno nacional antes del partido. Por eso se prohíben sacar esteladas en el Bernabéu. “No hay que mezclar fútbol con política”. Eso te lo dicen solo cuando una afición muestra pancartas contra el racismo en los estadios, contra la violencia machista, contra los desahucios o en recuerdo de los inmigrantes asesinados por la Guardia Civil en la frontera. No hay que mezclar fútbol con política, y así nos olvidamos de que existe un grupo de personas que hace un año sufrió una emboscada en Madrid y volvió a casa sin uno de los suyos. Y así nos olvidamos de que, de nuevo, un asesinato de esta índole va a quedar sin castigar.

Un año después, xustiza para Jimmy.

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Religión y clase baja

En el cementerio de mi pueblo, no todas las tumbas tienen un ataúd en su interior. Una de ellas es la de María de las Angustias, una señora que rondará los setenta y tantos años y que está decorando su lecho a su gusto, para descansar en paz en un lugar acondicionado totalmente por ella. Angustias presume de lo bonito que lo está dejando, con una hilera de rosas que rodea la tumba, y que va a regar tres veces por semana. La otra sepultura en construcción es la de María del Carmen, una mujer que tiene algo más de sesenta años. María del Carmen es la típica señora del pueblo que decidió, o tuvo que, quedarse en el municipio hace 40 años, cuando la mayoría de las muchachas -como allí dicen- se marcharon con 20 años a la gran ciudad, a servir en las casas de los barrios ricos, a fregar los suelos de las grandes instalaciones que poco a poco empezaban a construirse, y a poblar los barrios de la periferia que comenzaban a crecer.

María del Carmen se quedó en casa, y ahora con algo más de 60 años, está decorando su tumba. A su lado, está la de su hijo, muerto hace pocos años por un cáncer que acabó con su vida a sus casi cuarenta años. Dicen que María del Carmen se gastó cientos de euros en velitas para encender en la iglesia y pedir al señor por la salud de su hijo, esas velitas que el negocio eclesiástico ha ido modernizando y que se han convertido en una lucecita que por un euro se enciende durante unos minutos. El hijo murió, y Maricarmen, aunque en menor cantidad, sigue encendiendo velitas para pedir por su alma.

Yo me enteré de esto el otro día, cuando fui al cementerio con mi abuela y otra gente de la familia a ver la tumba de mi abuelo, que murió hace unos meses. El cementerio es reducido y bastante acogedor. Está en las afueras de un pueblo que casi no tiene afueras de lo pequeño que es. Y allí, la gente cuida las tumbas como si de un tesoro se tratasen, sobre todo las señoras mayores, que quitan el polvo y pasan paños húmedos sobre un mármol que reluce y que volverá a relucir en dos o tres días, cuando vuelva a haber visita. Grandes cruces blancas, grises, de granito y de mármol rosa se levantan sobre unas tumbas que, en ocasiones, parecen competir entre sí por ver cuál el crucifijo más alto.

En la vuelta a casa, uno se topa con viejos sentados en los portales de las viviendas. Viejos de bastón entre las piernas, chaleco de pana y boina sobre la cabeza. Viejos de piel curtida y agrietada por el sol y de manos duras por el cavar de la azada. Y también de viejas, más que viejos. Viejecillas que visten de negro, encorvadas, como queriendo hablar con la tierra. Señoras arrugadas de piel pálida que te dicen al pasar que ahora te ven en misa. Porque en el pueblo hay misa todos los días. A veces más de una. Y no falla nadie. Están Angustias y Maricarmen, y señores de 30 o 40 años que perfectamente podrían el hijo de Maricarmen. Señores que han cambiado la azada por el tractor y el trabajo manual por la maquinaria, pero que realmente son iguales que los señores que trabajaban la tierra hace 70 años y que ahora están en el cementerio.

Mi pueblo se encuentra en una de esas regiones que ocupan los primeros puestos de la tabla, y todo en él recuerda a la religión. El día a día, las torrijas de semana santa, la semana previa a la resurrección de cristo en la que nadie puede comer carne. Las procesiones en las que una hilera de viejecillos y viejecillas acompañan a un jesucristo de madera. El luto, no solo por el qué dirán, sino porque es así como se sienten a gusto. Los carteles en la puerta de la iglesia que anuncian la misa de mañana en recuerdo a alguien, y al día siguiente en recuDibujocatolicoerdo hacia otro alguien. Mi pueblo no tiene más de 700 habitantes censados. Y una media de edad que no baja de los 65 años. La inmensa mayoría la componen los hijos e hijas de esos campesinos que nunca llegaron a ser propietarios de la tierra, que se dedicaban a labrar los enormes terrenos de los señoritos a cambio de un bajo salario del  que dependían para poder poner comida sobre la mesa. De ahí que en los meses en los que no llovía, se podía ver una peculiar procesión que recorría las calles del pueblo para pedirle al señor que cayese agua del cielo. Esta costumbre hace años que dejó de celebrarse, pero hoy en día sigue habiendo otras igual de antiguas. Cada casa del pueblo guarda durante una semana del año una cajita de madera con un san José, una virgen María y un niño Jesús tallados a madera. La caja pertenece a todo el pueblo, y va de casa en casa, de vecino en vecino, hasta que se cumple el año y la cajita pisa de nuevo la iglesia para volver a ser bendecida.

En la calle principal del pueblo están las casas más grandes y más ostentosas, esas en las que hace años vivían los caciques o grandes propietarios. En el resto de calles están las casas más humildes, la mayoría de ellas, las casas de los hijos que hace años  trabajaban para esos caciques y grandes propietarios. Y eRiesgo de pobreza, pueblo a pueblo. Rojo, más del 30%. Blanco, menos del 15%. Fuente: AIS.n todas las casas, en semana santa, una rama de olivo adorna los barrotes de las ventanas. Porque en el pueblo todo recuerda a la religión.

El pueblo está en esa franja del mapa de color rojo, esa en la que el porcentaje de riesgo de pobreza supera el 30%. Está en tierras castellanas, en plena mancha, en la provincia de Toledo. Pero bien podría estar en Extremadura o en Andalucía, otras de esas tierras que han sido empobrecidas, esquilmadas, envejecidas y abandonadas. Y evidentemente, no es la única explicación, ni la única razón, pero quizá exista una relación bastante directa entre que Murcia, Extremadura o lo que algunos llaman Castilla la Macha vistan de rojo intenso en el mapa y tengan los porcentajes de población católica más altos del estado. Quizá también haya relación entre que Madrid, Navarra, País Vasco y Cataluña tengan los menores porcentajes de creyentes y un color blanco en el mapa.  ¿La gente es religiosa porque es ignorante o también tiene algo que ver con su situación material?

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