A un año del asesinato de ‘Jimmy’

12132532_839367296160942_1476335284611102440_oLa autopsia efectuada al cuerpo sin vida de Francisco Javier Romero Taboada, ‘Jimmy’, hace ya un año, determinó que el seguidor del Deportivo de la Coruña y miembro de la peña antifascista Riazor Blues, murió debido a un “traumatismo craneoencefálico con hemorragia interna y al estallido del bazo producido posiblemente por el golpe una barra de hierro”. Jimmy, tras ser apaleado por varios miembros del grupo nazi Frente Atlético, fue arrojado al agua del río Manzanares, y sacado media hora más tarde con un cuadro de hipotermia y una parada cardio-respiratoria. A pesar de los intentos de reanimación, murió a los pocos minutos.

Un año después, a este asesinato se le sigue llamando reyerta y pelea entre bandas. Cualquier cosa que sirva para despolitizar un conflicto, para afirmar que los extremos se tocan e igualar al que muere con el que mata. Porque cuando el asesinado es el antifascista y el asesino es el nazi, es mejor obviar las sensibilidades y posiciones políticas y reducir todo a una simple pelea entre iguales. Todo vale con tal de lavar la imagen de estos grupos fascistas que cuentan con el amparo de las instituciones y de su propio club. Porque un año después de este asesinato, sigue sin haber responsables, ni siquiera indicios, ni siquiera ganas de investigar el crimen. Y todo apunta a que así seguirá siendo hasta que los papeles del caso se archiven para coger polvo por falta de pruebas.

Falta de pruebas a pesar de las decenas de fotografías y vídeos que mostraban a los nazis del Frente Atlético desde las siete de la mañana en las inmediaciones del estadio Calderón armados con barras de hierro y palos. Falta de pruebas a pesar de las decenas de fotogramas de vídeos en los que se observa a varios encapuchados con porras extensibles, botellas y otras armas en la zona en la que Jimmy fue arrojado al río. Falta de pruebas a pesar de la existencia de un vídeo que capta el momento en el que el deportivista fue tirado al agua. Falta de pruebas a pesar del testimonio de un menor protegido que no sale a la luz, y a pesar de la detención de cuatro miembros del Frente Atlético, uno de ellos Guardia Civil y otro militar, que finalmente  quedó en nada.

Porque con un asesinado a manos de nazis, se repite la historia de que los extremos se tocan. Frente Atlético y Riazor Blues son lo mismo. Porque lo mismo es sacar pancartas con simbología nazi y gritar lemas xenófobos que mostrar una pancarta contra el racismo en los estadios de fútbol. Porque lo mismo es pegar a inmigrantes que ayudarles y solidarizarte con ellos. Porque lo mismo es haber asesinado como grupo a dos personas que no haber matado a ninguna. Porque los extremos se tocan. Y porque, como siempre se recuerda en estos casos, no hay que mezclar el fútbol con política.

No hay que mezclar fútbol y política. Por eso, el presidente de la Liga de Fútbol Profesional es Javier Tebas, antiguo militante de la organización ultraderechista Fuerza Nueva. Por eso, la Primera y la Segunda División de la Liga llevan el nombre de uno de los mayores bancos del estado. Por eso, los grandes equipos muestran en sus equipaciones el logo de grandes empresas y multinacionales. Por eso en cada Mundial utilizan la selección con el fin de dar propaganda nacionalista. Por eso hay una competición llamada Copa del Rey en la que se oye el himno nacional antes del partido. Por eso se prohíben sacar esteladas en el Bernabéu. “No hay que mezclar fútbol con política”. Eso te lo dicen solo cuando una afición muestra pancartas contra el racismo en los estadios, contra la violencia machista, contra los desahucios o en recuerdo de los inmigrantes asesinados por la Guardia Civil en la frontera. No hay que mezclar fútbol con política, y así nos olvidamos de que existe un grupo de personas que hace un año sufrió una emboscada en Madrid y volvió a casa sin uno de los suyos. Y así nos olvidamos de que, de nuevo, un asesinato de esta índole va a quedar sin castigar.

Un año después, xustiza para Jimmy.

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Religión y clase baja

En el cementerio de mi pueblo, no todas las tumbas tienen un ataúd en su interior. Una de ellas es la de María de las Angustias, una señora que rondará los setenta y tantos años y que está decorando su lecho a su gusto, para descansar en paz en un lugar acondicionado totalmente por ella. Angustias presume de lo bonito que lo está dejando, con una hilera de rosas que rodea la tumba, y que va a regar tres veces por semana. La otra sepultura en construcción es la de María del Carmen, una mujer que tiene algo más de sesenta años. María del Carmen es la típica señora del pueblo que decidió, o tuvo que, quedarse en el municipio hace 40 años, cuando la mayoría de las muchachas -como allí dicen- se marcharon con 20 años a la gran ciudad, a servir en las casas de los barrios ricos, a fregar los suelos de las grandes instalaciones que poco a poco empezaban a construirse, y a poblar los barrios de la periferia que comenzaban a crecer.

María del Carmen se quedó en casa, y ahora con algo más de 60 años, está decorando su tumba. A su lado, está la de su hijo, muerto hace pocos años por un cáncer que acabó con su vida a sus casi cuarenta años. Dicen que María del Carmen se gastó cientos de euros en velitas para encender en la iglesia y pedir al señor por la salud de su hijo, esas velitas que el negocio eclesiástico ha ido modernizando y que se han convertido en una lucecita que por un euro se enciende durante unos minutos. El hijo murió, y Maricarmen, aunque en menor cantidad, sigue encendiendo velitas para pedir por su alma.

Yo me enteré de esto el otro día, cuando fui al cementerio con mi abuela y otra gente de la familia a ver la tumba de mi abuelo, que murió hace unos meses. El cementerio es reducido y bastante acogedor. Está en las afueras de un pueblo que casi no tiene afueras de lo pequeño que es. Y allí, la gente cuida las tumbas como si de un tesoro se tratasen, sobre todo las señoras mayores, que quitan el polvo y pasan paños húmedos sobre un mármol que reluce y que volverá a relucir en dos o tres días, cuando vuelva a haber visita. Grandes cruces blancas, grises, de granito y de mármol rosa se levantan sobre unas tumbas que, en ocasiones, parecen competir entre sí por ver cuál el crucifijo más alto.

En la vuelta a casa, uno se topa con viejos sentados en los portales de las viviendas. Viejos de bastón entre las piernas, chaleco de pana y boina sobre la cabeza. Viejos de piel curtida y agrietada por el sol y de manos duras por el cavar de la azada. Y también de viejas, más que viejos. Viejecillas que visten de negro, encorvadas, como queriendo hablar con la tierra. Señoras arrugadas de piel pálida que te dicen al pasar que ahora te ven en misa. Porque en el pueblo hay misa todos los días. A veces más de una. Y no falla nadie. Están Angustias y Maricarmen, y señores de 30 o 40 años que perfectamente podrían el hijo de Maricarmen. Señores que han cambiado la azada por el tractor y el trabajo manual por la maquinaria, pero que realmente son iguales que los señores que trabajaban la tierra hace 70 años y que ahora están en el cementerio.

Mi pueblo se encuentra en una de esas regiones que ocupan los primeros puestos de la tabla, y todo en él recuerda a la religión. El día a día, las torrijas de semana santa, la semana previa a la resurrección de cristo en la que nadie puede comer carne. Las procesiones en las que una hilera de viejecillos y viejecillas acompañan a un jesucristo de madera. El luto, no solo por el qué dirán, sino porque es así como se sienten a gusto. Los carteles en la puerta de la iglesia que anuncian la misa de mañana en recuerdo a alguien, y al día siguiente en recuDibujocatolicoerdo hacia otro alguien. Mi pueblo no tiene más de 700 habitantes censados. Y una media de edad que no baja de los 65 años. La inmensa mayoría la componen los hijos e hijas de esos campesinos que nunca llegaron a ser propietarios de la tierra, que se dedicaban a labrar los enormes terrenos de los señoritos a cambio de un bajo salario del  que dependían para poder poner comida sobre la mesa. De ahí que en los meses en los que no llovía, se podía ver una peculiar procesión que recorría las calles del pueblo para pedirle al señor que cayese agua del cielo. Esta costumbre hace años que dejó de celebrarse, pero hoy en día sigue habiendo otras igual de antiguas. Cada casa del pueblo guarda durante una semana del año una cajita de madera con un san José, una virgen María y un niño Jesús tallados a madera. La caja pertenece a todo el pueblo, y va de casa en casa, de vecino en vecino, hasta que se cumple el año y la cajita pisa de nuevo la iglesia para volver a ser bendecida.

En la calle principal del pueblo están las casas más grandes y más ostentosas, esas en las que hace años vivían los caciques o grandes propietarios. En el resto de calles están las casas más humildes, la mayoría de ellas, las casas de los hijos que hace años  trabajaban para esos caciques y grandes propietarios. Y eRiesgo de pobreza, pueblo a pueblo. Rojo, más del 30%. Blanco, menos del 15%. Fuente: AIS.n todas las casas, en semana santa, una rama de olivo adorna los barrotes de las ventanas. Porque en el pueblo todo recuerda a la religión.

El pueblo está en esa franja del mapa de color rojo, esa en la que el porcentaje de riesgo de pobreza supera el 30%. Está en tierras castellanas, en plena mancha, en la provincia de Toledo. Pero bien podría estar en Extremadura o en Andalucía, otras de esas tierras que han sido empobrecidas, esquilmadas, envejecidas y abandonadas. Y evidentemente, no es la única explicación, ni la única razón, pero quizá exista una relación bastante directa entre que Murcia, Extremadura o lo que algunos llaman Castilla la Macha vistan de rojo intenso en el mapa y tengan los porcentajes de población católica más altos del estado. Quizá también haya relación entre que Madrid, Navarra, País Vasco y Cataluña tengan los menores porcentajes de creyentes y un color blanco en el mapa.  ¿La gente es religiosa porque es ignorante o también tiene algo que ver con su situación material?

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