El Gordo no ha caído en casa de Jonathan

Una familia bailaba flamenco, cantaba, daba palmas y tocaba la pandereta al celebrar que le había tocado El Gordo de la lotería de navidad. Una anciana y un anciano, aparentemente de bajo poder adquisitivo, como la familia de la pandereta y las palmas, se ha besado con el amor que solo transmite una pareja de viejecillos que lleva junta toda la vida. También tenían uno de los boletos agraciados. Al igual que un inmigrante que vive en Roquetas de Mar y que se encontraba sin trabajo y en una delicada situación. Porque la lotería es muy bonita al ver las escenas de los ganadores, sobre todo cuando la suerte cae en una de las familias pobres que vive en una de las casas más humildes de uno de esos barrios populares llenos de gente trabajadora. Pero la lotería no es eso, la lotería es cruel. Porque para que haya celebraciones en una de esas casas humildes de uno de esos barrios trabajadores, tiene que haber un 99% de gente disgustada que no ha tenido tanta suerte. Y así, El Gordo no ha caído en casa de Jonathan, ni en casa de Paqui, ni de Estefanía, ni de Alex.

La probabilidad de que el gordo toque es de 0,0001%. Aun así, millones de familias se han dejado una suma de millones de euros para poder adquirir sus boletos. Una suma, por cierto, con la que el Estado recauda cantidades ingentes de euros para sus arcas. Un impuesto especial que se cobra, en su inmensa mayoría, de la gente pobre, de esa gente que lo está pasando mal y que deposita toda su ilusión en la mera casualidad. Diversos estudios demuestran que la lotería es mucho más seguida entre las clases populares y las familias pobres que entre esa porción de la población acomodada y pudiente. Si se analiza en profundidad, además de ser un juego-impuesto pensado para la clase baja, su esencia destapa un mensaje de crueldad. La lotería es la única forma para salir de la mierda, de una situación de precariedad, la esperanza para dejar de mirar las facturas al final de mes. “A ver si este año salimos de pobres”. La lotería es quitarse de los pocos caprichos que alguien tiene para gastarse 20 o 30 euros en un boleto; es pasar frío en la cola de doña Manolita; es restregar el cupón por la estampita de la Virgen, que seguro que este año nos toca; es aprenderte los números de memoria para, casi con certeza, desilusionarte el día 22. La lotería es aquello con lo que hemos soñado todos los que hemos vivido y vivimos en esos barrios y nos hemos empapado de su realidad al salir a la calle y al hablar con nuestras vecinas y nuestros amigos. Es eso que nos hemos imaginado para, después, inventar historias tremendas de lo que podríamos hacer con el dinero, como comprarnos un cochecito, poder independizarnos, o, y este es el favorito, tapar agujeros. La lotería es, sin embargo, algo que ni siquiera existe en otros barrios. Es un simple pasatiempo para muchas familias bien que si salen ganadoras engordarán un poco más su cuenta, pero que si no toca, tampoco pasa nada, que ya tenemos tanto o más de lo que reparte el premio. Tenemos tanto o igual que podemos comprarnos un cochecito, y dos y tres. Tenemos tanto o igual que ya nos hemos independizado, así que me compro el casoplón en la playa. Tenemos tanto que tuvimos que tapar los agujeros con el dinero.

La lotería es indirectamente anestesia, es ansia de diferenciación, ganas de separarte de la realidad que has mamado desde crío, deseo de marcharte para siempre, apelar a los sentimientos para intentar solventar una situación material que no te han dejado resolver con medidas reales. Pero la realidad es que la lotería es un invento de los que no te dejaron labrarte un futuro, no te dejaron avanzar, te arrebataron la posibilidad de vivir dignamente y ahora te sugieren que la única forma de poder escapar del camino que te marcaron es el azar.

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C’s da alas a la violencia machista

Cualquiera recordará el doble asesinato machista que sacudió Cuenca el pasado mes de agosto. De las 99 muertes de mujeres a manos de un hombre en lo que llevamos de 2015, este crimen ha sido, sin duda, el más sonado. No fue el típico asesinato de siete segundos en la radio ni el del titular escondido en la sección nacional de los periódicos. Aquí hubo desaparición, búsqueda, huida, persecución durante días y, finalmente, captura. Hubo todo lo que a los medios les gusta, no el simple asesinato a cuchilladas tras el que el marido llama a la policía para confesar el crimen o tras el que decide saltar por la ventana. Y lo cierto es que el doble asesinato de Cuenca, además de mostrar la realidad que muchos se empeñan en ocultar, sirvió para evidenciar los mecanismos jurídicos y legales utilizados para minimizar el concepto de violencia de género y, al mismo tiempo, minimizar el número de víctimas.

Marina Okarinska y Laura del Hoyo fueron las dos jóvenes asesinadas en Cuenca, pero solo una de ellas, Marina, pasó a formar parte de la lista oficial de víctimas de violencia machista. Laura, sin embargo, no. Porque la actual ley de violencia de género solo contabiliza como víctimas a aquellas mujeres que tenían un vínculo sentimental con su asesino. Marina era la exnovia de Sergio Morate, habían tenido una relación, existía esa unión emocional. Laura, por el contrario, solo era amiga de Marina, una amiga a la que tuvo que recurrir ante el miedo de ir sola a casa de su expareja para recoger sus pertenencias. Las dos murieron por ser mujeres, sin embargo, solo una de ellas ha sido reconocida como víctima de la violencia de género, mientras que Laura forma parte, junto a 47 mujeres más en 2015, de esa lista que nadie conoce.

Y parece que son muchos los que quieren ampliar el número de nombres en ese listado desconocido. Marta Rivera de la Cruz, candidata al Congreso por Ciudadanos, negó en el pasado debate a nueve la importancia del género en la violencia machista. Negó, por lo tanto, aquello que define a la violencia de género: la existencia de un sistema de dominación transversal, del hombre sobre la mujer, que afecta a todos los ámbitos del día a día y cuya máxima expresión es el asesinato.

Y Marta Rivera no tuvo ningún desliz, defendió al pie de la letra aquello que su partido propone. En su programa electoral (página 203), la formación naranja no separa en ningún momento la violencia intrafamiliar de la violencia de género, no separa en ningún momento la violencia doméstica de la violencia machista, dando a entender en este conglomerado de conceptos que la violencia machista es eso que sucede de puertas para adentro, solo en el momento en el que existe una relación personal entre víctima y agresor, “violencia entre gente que se quiere”, como dice Albert Rivera. Esta definición deja fuera, per se, a aquellas mujeres que han sido asesinadas sin la existencia de ese vínculo emocional. Nos acordamos de la mujer que es violada por un hombre desconocido, recordamos a la prostituta asesinada que apareció muerta en un contenedor de Huelva, nos acordamos de una de las chicas de Cuenca y de esas 48 mujeres, solo en 2015, que no tenían ninguna relación sentimental con su asesino o que ni siquiera le conocían.

Pero C’s también se acuerda de la violencia machista concebida como intrafamiliar, esa que se da bajo un vínculo emocional, “entre personas que se quieren”, como dice Rivera. Hombres que asesinan a mujeres, pero sin dejar de quererlas, ojo. Así, Ciudadanos quiere eliminar la asimetría penal por cuestión de sexo e igualar las penas con independencia de si el agresor es hombre o mujer. Es decir, los naranjas quieren que la pena para los hombres que matan a sus parejas mujeres sea la misma que la que tendrían las mujeres al matar a sus parejas hombres. Y es en este punto donde la formación aprovecha su programa para dejar caer sus impresiones sobre esta, a su parecer, injusta simetría. “Consideramos que la violencia de género y la violencia intrafamilar son experiencia traumáticas tanto para las mujeres, como para los hombres, las niñas, niños, e incluso los más mayores”. Primera igualación, tanto para las mujeres como para los hombres, da igual que hayan sido asesinadas casi cien mujeres en este año. “Si bien la violencia de género afecta tanto a hombres como a mujeres, el mayor porcentaje corresponde a la violencia ejercida de hombres hacia mujeres”. Segunda igualación, porque afecta tanto a un grupo como a otro. Da igual que 576 chavalas menores de 18 años (un 15,4% más que el año anterior) hayan sufrido malos tratos en 2014, según el INE. Da igual que entre las mujeres de 65 a 69 años, el número de víctimas protegidas se haya incrementado en este año un 21,3%, y que en la franja de edad de 70 a 74, lo haya hecho un 25,9%.

Quitar las penas específicas por violencia de género implica igualar en lo legislativo a los que matan y a las que mueren. Quitar las penas específicas implica que jurídicamente desaparezca este tipo de violencia. Quitar este mínimo agravante significa que los asesinos van a tener un castigo menor por el crimen cometido, lo que puede traducirse en menor protección -ya de por sí escasa- hacia la mujer. Quitar estas penas es hacer retroceder a una ley que ya de por sí está atrasada. Cuidado con lo nuevo, porque Ciudadanos, como en muchísimos otros ámbitos, en el tema de la violencia machista representa lo más viejo que puede haber.

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