Calle, calle y más calle

La verdadera jornada de reflexión es la que se hace el día después. El día en el que, en medio de la resaca electoral, se huele un clima de cierta calma, esa calma que suele preceder a la tormenta. Porque eso es lo que viene, otros cuatro años de una tormenta que nunca cesó, pero que empieza a caer con mucha más fuerza debido a un bipartidismo en esencia fortalecido y a una izquierda, que también en esencia, parece no saber dónde está.

Y quizá sea eso lo que necesitamos. Una tormenta feroz que nos haga encontrarnos con nosotras y nosotros mismos, porque llevamos demasiado tiempo en un mar en calma, en un mar de platós de televisión, sonrisas y mensajes vacíos. Un mar, en definitiva, suyo, en el que nos ganan. El dominio de los ricos y poderosos no lo trastoca un mar apacible, sino las aguas revueltas.

Siempre fuimos más de mojarnos, de salir a la calle sin importar que lloviese, de cerrar el paraguas y empuñarlo cuando era necesario. Fuimos de recibir a los mineros y llenar la Gran Vía de Madrid, fuimos de Gamonal, de ocupar latifundios de terratenientes en Andalucía, de enfrentarnos a la Guardia Civil en las cuencas leonesas y asturianas, de inundar Madrid en las Marchas de la Dignidad, de parar desahucios durante las frías mañanas de invierno. Fuimos eso, y no de resguardarnos en el sofá de casa viendo el debate de la noche. Fuimos el río que todo lo arrasaba, sin importar el lecho que le oprimía. Las aguas calmadas son su terreno, son su baza, y en ellas nos ganan. A nosotros siempre nos fue la marcha. Ningún mar en calma hizo experto a un marinero.

Toca volver a esas aguas de las que nunca se debió salir. A quienes permanecimos en ellas nos toca dar la mano a quienes salieron, a quienes salieron les toca dar la mano a quienes nunca entraron. Un barco en un mar en calma lo pueden manejar pocas manos, pero un barco en las aguas revueltas necesita el mayor número de brazos posibles para no hundirse. No olvidar quiénes somos ni de dónde venimos. Ese es el secreto.

Cada cual guarda su lista de nombres imprescindibles. En la mía, uno de ellos es el de una persona que ya no está, y que seguro que en estos tiempos de oscuridad había sabido alumbrar un poco el camino, que una vez me contó una historia que hoy viene al pelo más que nunca.

Había una vez un viejo marinero conocido por no haber perdido nunca una batalla en alta mar y por haber sobrevivido a las peores tormentas. El viejo marinero dirigía al resto de la tripulación con firmeza y seguridad, dando órdenes entre cañonazos y entre enormes olas y lluvia. Sin embargo, de cuando en cuando, pese a su seguridad, sacaba un papel de sus bolsillos que consultaba rápidamente y volvía a guardar. Batalla tras batalla, tormenta tras tormenta, el viejo marinero consultaba siempre su papel. Un día, el viejo marinero murió. Antes de darle el último adiós, sus compañeros sacaron el papel de su bolsillo, esperando encontrar en él el secreto de su capitán. Tras desdoblarlo, solo leyeron una breve frase: Proa, delante. Popa, detrás. Babor, izquierda. Estribor, derecha.

Pueden venir todas las dificultades del mundo, todas las adversidades y todas las complicaciones, que si tenemos claros nuestros principios, en las aguas revueltas es donde verdad ganaremos. Calle, calle y más calle.

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De jefes majetes y explotación camuflada

Hay algunas palabras que, dependiendo de quién las pronuncie, cambian totalmente de significado. Palabras que, en boca de tu gente son preciosas, pero que se transforman rápidamente si quien las ha dicho es, por ejemplo, uno de los jefes de la empresa. Resulta que en mi trabajo uno de los tres jefazos de la plantilla tiene la costumbre de dirigirse hacia los empleados con la palabra compañero. “Buen día, compañeros”; “muy buen trabajo, compañera”; “buen fin de semana, compañeros”.

El sistema tiene muchos mecanismos para calmar ánimos, limar posibles asperezas y conflictos y, de cara a la galería, nuestra galería, meter en el mismo saco a quienes están en el vértice de la pirámide y a quienes, tras ocho, nueve, diez horas de trabajo diario, la sostenemos.

Este jefe que nos llama compañeros, entra dos horas más tarde que el resto y se va otras dos horas antes. Y no todo va de dos. Su salario es, como mínimo, diez veces superior al mío y al de la gente como yo. Y a él se le suman los cheques restaurante y el coche de empresa. El agua, eso sí, sigue siendo gratis para todos. Y a veces, cuando alguien así te llama compañero, hay que beber mucha agua.

Pero si esta táctica existe no es porque mi jefe sea muy majete. El compañero en su boca es, simplemente, una palabra que, sumada a varios pequeños gestos que parecen intrascendentes, logran que la inmensa mayoría de los trabajadores (estos sí compañeros) vean en la mano derecha de la empresa a un igual que bromea con ellos, que les da una palmadita en la espalda y que les invita a un café si coinciden en la máquina expendedora. Ahí, mientras te habla de qué cabrones son estos que no se ponen de acuerdo y hay otra vez elecciones, de que yo creo que sí podemos ganar la Eurocopa y del culo que tiene una de las chicas de la planta de arriba y de que cómo viene vestida al trabajo.

Y así es como, entre una mezcla de comentarios mitad banales, mitad asquerosos, el jefe, sin perder su autoridad, se convierte en tu amigo. Un tío al que ya criticas, un tío del que ya no te quieres reír, un tío al que estás dispuesto a chivarle cualquier jugarreta para ganarte su felicitación. Pero un tío, al fin y al cabo, que representa el brazo dirigente de una empresa que se lucra con tu trabajo y que recibe un salario de miles de euros mensuales gracias al sudor de tu frente, a tus madrugones y a tu dolor de espalda de las ocho, nueve, diez horas diarias sentado.

‘Buen fin de semana, compañeros’. Y ahí se va el jefe majete un viernes a las siete de la tarde mientras al resto nos quedan dos horas tecleando frente al ordenador y leyendo papeles. “Pero eh, que me ha dicho que pase un buen fin de semana. Jefes así dan gusto”.

Ya lo explicaba Zizek en este texto:
(…) El jefe de hoy en día insiste, por el contrario, en que deberíamos tratarlo como a un amigo. Se dirige hacia nosotros con una familiaridad indiscreta, bombardeándonos con alusiones sexuales, invitándonos a tomar algo con él o a compartiendo un chiste verde. Todo ello dirigido a establecer un lazo de fraternidad masculina, mientras que la relación de autoridad (nuestra subordinación a él), no sólo permanece intacta, sino que se llega a tratar como una especie de secreto que habría que respetar y sobre el que no habría que hablar.

Para el subordinado, una relación así resulta mucho más claustrofóbica que la autoridad tradicional: hoy en día estamos desprovistos hasta del espacio natural de ironía y burla, ya que el amo está presente en los dos ámbitos. Es una autoridad y a la vez se ha convertido en un amigo“.

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