De jefes majetes y explotación camuflada

Hay algunas palabras que, dependiendo de quién las pronuncie, cambian totalmente de significado. Palabras que, en boca de tu gente son preciosas, pero que se transforman rápidamente si quien las ha dicho es, por ejemplo, uno de los jefes de la empresa. Resulta que en mi trabajo uno de los tres jefazos de la plantilla tiene la costumbre de dirigirse hacia los empleados con la palabra compañero. “Buen día, compañeros”; “muy buen trabajo, compañera”; “buen fin de semana, compañeros”.

El sistema tiene muchos mecanismos para calmar ánimos, limar posibles asperezas y conflictos y, de cara a la galería, nuestra galería, meter en el mismo saco a quienes están en el vértice de la pirámide y a quienes, tras ocho, nueve, diez horas de trabajo diario, la sostenemos.

Este jefe que nos llama compañeros, entra dos horas más tarde que el resto y se va otras dos horas antes. Y no todo va de dos. Su salario es, como mínimo, diez veces superior al mío y al de la gente como yo. Y a él se le suman los cheques restaurante y el coche de empresa. El agua, eso sí, sigue siendo gratis para todos. Y a veces, cuando alguien así te llama compañero, hay que beber mucha agua.

Pero si esta táctica existe no es porque mi jefe sea muy majete. El compañero en su boca es, simplemente, una palabra que, sumada a varios pequeños gestos que parecen intrascendentes, logran que la inmensa mayoría de los trabajadores (estos sí compañeros) vean en la mano derecha de la empresa a un igual que bromea con ellos, que les da una palmadita en la espalda y que les invita a un café si coinciden en la máquina expendedora. Ahí, mientras te habla de qué cabrones son estos que no se ponen de acuerdo y hay otra vez elecciones, de que yo creo que sí podemos ganar la Eurocopa y del culo que tiene una de las chicas de la planta de arriba y de que cómo viene vestida al trabajo.

Y así es como, entre una mezcla de comentarios mitad banales, mitad asquerosos, el jefe, sin perder su autoridad, se convierte en tu amigo. Un tío al que ya criticas, un tío del que ya no te quieres reír, un tío al que estás dispuesto a chivarle cualquier jugarreta para ganarte su felicitación. Pero un tío, al fin y al cabo, que representa el brazo dirigente de una empresa que se lucra con tu trabajo y que recibe un salario de miles de euros mensuales gracias al sudor de tu frente, a tus madrugones y a tu dolor de espalda de las ocho, nueve, diez horas diarias sentado.

‘Buen fin de semana, compañeros’. Y ahí se va el jefe majete un viernes a las siete de la tarde mientras al resto nos quedan dos horas tecleando frente al ordenador y leyendo papeles. “Pero eh, que me ha dicho que pase un buen fin de semana. Jefes así dan gusto”.

Ya lo explicaba Zizek en este texto:
(…) El jefe de hoy en día insiste, por el contrario, en que deberíamos tratarlo como a un amigo. Se dirige hacia nosotros con una familiaridad indiscreta, bombardeándonos con alusiones sexuales, invitándonos a tomar algo con él o a compartiendo un chiste verde. Todo ello dirigido a establecer un lazo de fraternidad masculina, mientras que la relación de autoridad (nuestra subordinación a él), no sólo permanece intacta, sino que se llega a tratar como una especie de secreto que habría que respetar y sobre el que no habría que hablar.

Para el subordinado, una relación así resulta mucho más claustrofóbica que la autoridad tradicional: hoy en día estamos desprovistos hasta del espacio natural de ironía y burla, ya que el amo está presente en los dos ámbitos. Es una autoridad y a la vez se ha convertido en un amigo“.

Anuncios
Estándar

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s